viernes, 15 de junio de 2012

Praga (II)


Nos levantamos a eso del mediodía, devoramos algo que parecía comida y nos fuimos…(creo recordar que fue en ese orden). Bajamos hasta el Hades, que ellos llaman metro, pero cuando bajo tantos metros de una tacada, siempre miro hacia arriba con aprensión…como si esperase ver a un Can de tres cabezas o algo así…

La primera parada fue el Museo de Historia. Grandioso edificio (y más para un historiador como yo), pero en restauración. Preside una de las avenidas comerciales más famosas de la ciudad, pero tan común que no recuerdo ni el nombre. Tras un paseíllo, llegamos a la Torre del Polvorín. Eso sí que era algo diferente. Una impresionante torre se alzaba en la entrada a los barrios antiguos de la ciudad. Negra, imponente, amenazadora. El nombre lo hereda de cuando ejercía de arsenal a mediados del siglo XVII. Hacemos la foto de rigor y seguimos con la ruta.

Llegamos a la plaza del Ayuntamiento, donde se encuentra el famoso reloj astronómico que no entiende ni su padre. Como eran cerca de una hora en punto, pues resulta que había un montón de gente congregada a su alrededor. “Teneis que ver esto” nos dijo nuestro amigo anfitrión. Cada se juntaba más gente y crecía mi expectación. “Si somos tantos esperando, seguro que algo bueno tendrá” pienso esperanzado. A la hora en punto, un mecanismo se activa y desfilan ante nosotros los doce apóstoles. Arriba, en lo alto de la torre del Ayuntamiento, un tipo toca su trompeta y agita un banderín. En la distancia, desde las otros torres, lo imitan. Fin del espectáculo.
Todavía boquiabierto (me debatía entre la sorpresa y la incredulidad), subimos a la torre. Impresionante vista de la ciudad con sus inacabables tejados rojos, su quietud y sus edificios bajos. Sólo muy a lo lejos se erguían, mudas, unas moles de cemento comunista que amenazaban con romper el encanto…


Al poco, desembocamos en el barrio judío. La arquitectura, semejante al resto de la ciudad, se ve enriquecida por las singulares sinagogas que lo salpican aquí y allá. Entramos en la más destacada, (la Sinagoga Española), previo pago de unas cuantas coronas, y quedé asombrado de la estructura interna del edificio. A pesar de lo que se comúnmente se piensa, creo que tanto sinagogas, como iglesias, como mezquitas son semejantes. No en el estilo arquitectónico, pero sí en lo intangible. Me explico, al entrar por la puerta sabía la sensación que me iba a transmitir el interior: tranquilidad, reposo, silencio. Es la atmósfera que crean.

Bueno, también quisimos entrar en el característico cementerio, pero nos pidieron 12 euros por ello. Y, a pesar de la bonita relación que mantengo con los sacrosantos lugares (seguro que haber dormido 7 meses en uno de ellos me ha influido), decidimos que ya valía con la broma. Después de comer abundantemente uno de los platos tradicionales (svickova), nos fuimos a ver uno de los grandes atractivos de la ciudad: el puente de Carlos. La verdad es que era precioso. De corte medieval, une la ciudad vieja y la nueva. Decorado profusamente con estatuas, es el paradigma de cómo deberían de ser los puentes (bajo el prisma de un historiador con una correcta deformación profesional, claro...). En ambos extremos se elevan dos torres semejantes a la Torre de la Pólvora, que no hacen sino darle un aspecto aún mejor. ¿El problema? Los turistas lo copábamos hasta el ridículo. ¿La solución? Ir por la noche.
Antes de volver al hotel (medio muertos) debíamos cumplir como buenos turistas y visitar los sitios más típicos de la capital checa, en un peregrinaje turístico del que (no me engaño) formo parte:

- el muro de John Lennon (monumento a la libertad de expresión en su día, pared llena de pintadas sin orden ni concierto a día de hoy)
- la verja llena de candados (los ponen las parejas de enamorados como símbolo de la fortaleza de su amor y me temo que alguno se olvidó de volver para quitarlo...)


- la calle más estrecha del mundo (con semáforo y todo oye...)
- dos estatuas meando sobre el mapa de la República Checa en el patio de entrada del museo de Franz Kafka (ahí lo tienes...)
- la casa danzante (cuenta la leyenda que inspirada en la pareja Ginger Rogers - Frad Astaire). Ésta sí que es una verdadera curiosidad arquitectónica. Dos cuerpos del edificio inclinados que le dan un aspecto irreal al conjunto, casi de cómic. Diferente.

Tras un laaaaaargo día, volvimos a la habitación, vimos las fotos que habíamos hecho, cenamos la típica tortilla española y al catre.