“Y al tercer día”…nos fuimos al Castillo. Bueno, lo llaman
“castillo”, pero nada tiene que ver con las típicas imágenes que tiene uno de
los castillos: altos muros de piedra, torres, almenas…incluso puente levadizo
para los nostálgicos de la Edad Media (como el que escribe estas líneas). No,
el “castillo” de Praga tiene más que ver con un palacio, bueno más bien con un
complejo palacial. Grandes edificios de piedra, rodean a la catedral y se
sitúan en una elevación del terreno no muy lejos del río. Poca chicha, la
verdad sea dicha. Unas vistas impresionantes y unos espacios muy amplios
ideales para grandes desfiles y demás fruslerías. Incluso la catedral se me
antojaba “poco”…¿Poco qué?...Pues no lo sé. ¿Poco bonita?¿Poco
espectacular?¿Poco solemne?¿Poco espiritual?...Y el detalle de que te cobrasen
por visitarla (como hacen en las catedrales de Toledo o Ávila también) pues le
restaba un poco más. Si de ese “poco” que
no estoy seguro de en qué consiste…Eso sí, la arquitectura que la rodea
es espectacular: las gárgolas, los contrafuertes, las dos torres frontales y la
lateral…impresionante.

Al poco, y ya que teníamos el ticket de la catedral
visitamos el conocido como Callejón del Oro. Lo cierto es que las casas que lo
componen son de lo más variopintas y curiosas. Todas están pintadas de
diferentes colores y son de muy pequeño tamaño. Antiguamente estaban este
callejón estaba habitado por los artesanos que trabajaban para el castillo y
por ello los interiores de las casas están recreados al efecto: un herrero, un
curtidor, una costurera… Como curiosidad, en una de ellas estuvo viviendo Franz
Kafka, uno de los más famosos escritores checos que ha producido esta ciudad.
También hay que citar la prolífica colección de armaduras que alberga (sin duda
que alguna de ellas sirvió de inspiración a George Lucas para su C3PO) y la
galería donde poder practicar el tiro con ballesta (ya hace tiempo que no
ensayamos, ¿verdad querido lector?....).

Tras una opípara comida (cuyos componentes fueron,
invariablemente, asados), emprendimos camino hacia una de las pequeñas colinas
que rodean Praga (no, no son siete…no todos los caminos llevan a Praga, ¿o si?...)
y desde la que se tienen las mejores (dicen) vistas de la ciudad. La colina
está cubierta de un parque bien hermoso, que cumple la función de “lugar de
recreo y descanso” para los capitolinos. Nosotros subimos en funicular. Dicho
así parece que el desnivel era (y es) impresionante, pero lo cierto es que el
trayecto no dura más de tres minutos (con parada de un minuto incluida). Una
vez en la cima, nos encontramos con una pequeña reproducción de la Torre Eiffel
(al menos lo parecía), en cuya cima podías disfrutar de unos impresionantes
vistas de la ciudad, si es que has pagado religiosamente antes, claro.

Como colofón, decidimos ir a visitar uno de los edificios más feos del mundo.
Se trata de la Torre Zizkov, y alberga la sede la de la televisión estatal
checa. “Afortunadamente” quisieron embellecerla y decidieron colocar unas
inmensas esculturas de bebés, de cerca de una tonelada de peso, trepando por
toda la superficie… El resultado es, cuanto menos, visitable.
La Torre Zizkov y su entorno nos dieron una idea de lo que
podía haber sido la ciudad en la época comunista. Manzanas de edificios grises,
oscuros, anodinos. Avenidas bien anchas. En el metro la gente no habla, ni
siquiera si son amigos, no vaya a ser que “haya alguien escuchando”… Desde
luego es una idea de una fuerza brutal, casi física, especialmente para
aquellos a los que el comunismo les queda francamente lejos (espacial y
temporalmente).
Al día siguiente, el último, teníamos el vuelo relativamente
pronto (debido a los penosos horarios de los vuelos), por lo que no teníamos
tiempo de volver al centro para ver nada más. Afortunadamente, cerca de la casa
de nuestro amigo había un cementerio (sí, la connotación de la frase no es de
las mejores…) así que decidimos ir a dar un paseo tranquilo hasta el momento de
partir hacia el aeropuerto. El camposanto era una delicia y no me extraña que
los praguenses lo utilizasen como si se tratase de un parque más. (De hecho,
una costumbre extendida en Europa es no dar tanta trascendencia a los lugares
santos. Que no se me entienda mal, los respetan al máximo, pero no actúan como
si la gente que está enterrada se fuese a molestar por la presencia de los
vivos…) La vegetación se estaba extendiendo por todas las tumbas y se estaba
dando una rara simbiosis entre la Naturaleza y las construcciones realizadas
por el hombre que no pude dejar de apreciar y disfrutar. Era un verdadero
remanso de paz y tranquilidad (y no sólo para los muertos).
Al poco, tuvimos que irnos al aeropuerto, embarcar y volver
a tierras españolas. El hecho de que tuvimos que abortar uno de los aterrizajes
y volver a realizar otra aproximación no sé si tiene cabida en este post, pero
no he podido dejar de mencionarlo….:)