Por circunstancias, abandoné miserablemente la buena costumbre de escribir. Ahora, gracias a que me encuentro en otro continente, he decidido retomarla...
Aterricé un domingo de enero a las 3:30 de la madrugada. Pasé una aduana bastante precaria (siete mostradores cochambrosas improvisados en uno de los parkings del aeropuerto) y me zambullí de lleno en... Nairobi.
Lo que más me impresionó fue el olor: suave, dulce, a Naturaleza (así, con mayúscula). A pesar de la falta de luz, entre los muchos edificios a medio construir se distinguían árboles y plantas invadiéndolo todo. La carretera estaba sumida en la oscuridad, pero nuestro Toyota (cómo no) conseguía moverse con alegría entre baches y socavones. Al llegar, intenté dormir pero a la fauna le dio por despertar: cantos y más cantos de pájaros de todo tipo, croar de ranas y gritos de otros animales imposibles de identificar. La ciudad me daba la bienvenida.
Al día siguiente, siguiendo una larga tradición europea (¿?), me fui a explorar África (o al menos, la ínfima parte en la que iba a pasar un año de mi vida). Al poco tiempo de pisar la calle, me di cuenta de que Kapuscinski tenía razón: "África anda": cientos de personas atareadas caminaban en todas direcciones y yo tenía que moverme rápido para no estorbarlas. Me impresionaron los incontables puestos callejeros que vendían todo tipo de artículos, desde fruta jugosa como jamás había soñado, hasta cordones de zapatos, pasando por caña de azúcar troceada y lista para masticar.
La ciudad, con sus edificios grises que parecían diseñados por arquitectos de la Unión Soviética, me pareció fea. Los autobuses, vomitando su denso humo negro, tampoco ayudaban demasiado, pero las “matatus” (minivans acondicionas para meter a 15 personas), con su música a toda pastilla y sus luces de neón, me encantaron nada más verlas.
La actividad incesante que vi me hizo pensar que la ciudad, a pesar de su fealdad, de su pobreza y de encontrarse a medio construir, estaba naciendo y debía darle una oportunidad.