¡Maldita sea!, mal empezaba el viaje: partía con prejuicios, tenía….¡expectativas! El viaje podía acabar en desastre siquiera antes de comenzar…
Había intentado evitar a toda costa llegar a esta situación, pero siempre había algún amigo que (¡sin pedirme permiso!) me daba su opinión y lo enturbiaba todo.
[La situación se me antojaba exactamente igual a esto:
- Voy a ver “El último tango en París”.
- ¡Gua, muy buena! Ese Bertolucci es un monstruo...¿Qué decir de la escena de la mantequilla?…¡brutal!
- Estooooooo…..¿gracias?
Y ya sabeís el resto….te pasas toooda la película esperando esa escena y apenas disfrutas (si es que hay algo que disfrutar) del resto del largometraje. Odioso…]
Quería ir puro, formarme mi propia visión de la ciudad. “Preciosa”, “Maravillosa o “Volvería con los ojos cerrados” eran las “neutras” apreciaciones que resonaban en mis oídos cuando el rugir de los motores lo hacía en los oídos del resto del pasaje. Pero gracias a mi compañera de viaje (¿y por qué no decirlo?... a sus uñas clavadas en mis brazos al despegar), logré espantar los malos pensamientos y zambullirme de lleno en la lectura de la guía de la ciudad que había decidido llevar conmigo. (Ya que me habían influenciado, iba a intentar ver lo más representativo, ¿verdad querido lector?...). Puente de Carlos, Plaza del Ayuntamiento, Reloj Astronómico, Torre del polvorín,… todos ellos realzados en negrita en la guía. Tendrían que valer la pena, ¿verdad?...
Nada más aterrizar, el amigo que nos acogía en su casa, aportó su granito de arena a mi, ya de por sí, agotada paciencia: “El país es más atrasado que el nuestro, ya lo vereís…”. Sorprendentemente, mi mirada de odio glacial (patentada y ensayada desde la niñez), no lo había congelado allí mismo… Tendría que empezar a reconocer que nunca había tenido un éxito rotundo. Sí que es verdad que había logrado parar a algunos niños pequeños durante milésimas de segundo, pero empezaba a preguntarme si tenían algo que ver las palmeras de chocolate y demás repostería que abarrotaban el escaparate de la pastelería que casualmente, se encontraba justo en la vertical de mi casa. Como era tarde, casi medianoche, y circunstancialmente ese chico iba a darme cama, comida y además iba a ejercer de guía, le sonreí como un imbécil.
La primera noche fue espectacular. Ninguno de los tres sufrimos el tan cacareado y temido jet lag (pamplinas!…dos horas de vuelo y como una rosa!...;)…), así que tras deshacernos de nuestros fardos en la (mega) habitación de nuestro amigo, nos fuimos de fiesta. Resulta que la cerveza, en los locales de fiesta de Praga, es más barata que el agua. Por un euro y medio te daban medio litro del llamado oro líquido (¿o eso era el petróleo?). Y en el celebérrimo “Retro”, nos encontramos cara a cara con una muestra de la fauna checa, muy variopinta y con un pelaje de lo más diverso. “Pasaditos” es un eufemismo que se me viene a la cabeza al intentar describir lo que vimos allí. Teníamos ochenteros, snobs, yonkis, pijetes, pastilleros, marginados, desharrapados, mafiosos, modernos, hippies, y un largo etcétera. Aunque hay que decir que el ambiente era muy cordial y que cada uno iba a su aire sin molestar al resto. Ya se sabe eso de: “Tu libertad empieza donde termina la mía”. Al lío, tras cerrar el garito, comprobar que había amanecido y recordar(nos) que habíamos ido a ver la ciudad, decidimos echar el cierre al primer día e intentamos descansar algo…