¿Que por qué Etiopía se merece una visita? Porque
es el único país de África que tiene Historia tal y cómo nosotros lo entendemos
(castillos medievales, monasterios de 200 años en medio de un lago,
iglesias excavadas en la roca de 900 años de antigüedad, ...). ¿Que a
quién le importa la Historia? A mí, que para eso soy historiador. Y punto
pelota.
Total, la aventura fue sólo de 5 días, así que había que
aprovechar. Aterrizamos un jueves por la noche en Addis Abeba
temiendo un frío espantoso (que para eso está a 2.500 metros de altitud), pero
hacía hasta calor. Evidentemente, y con lo freak que soy, me
dí cuenta de que esos taxis no eran normales. Eran
Ladas soviéticos que soltaban más humo por las rejillas del aire
acondicionado que por el tubo de escape. ¿Explicación? En Etiopía, tras el
derrocamiento del dictador Haile Selassie, se instauró otra dictadura, esta vez
comunista. Evidentemente, se alió con la URSS y ésta le suministró armamento y
ya de paso, muchos otros bienes. Cuando el régimen cayó, les quedaron los
Ladas. Ojo, que con 40 años todavía se mueven... Bueno, al lío. Para
nuestra primera noche etíope, nos fuimos a dormir al Taitu, el hotel más
antiguo de la ciudad. Andaba yo dándole la chapa a Myriam sobre la cantidad de
historias que habrían ocurrido en el hotel cuando, al abrir la cama,
vimos varios bichos paseando tranquilamente entre las sábanas. Decidimos
dejarles descansar y dormir sobre la colcha (¿para qué molestarles con mis
historias?)...
Al día siguiente, alquilamos un Toyota Land Cruiser con
conductor y enfilamos hacia el norte. Nos llamó la
atención que apenas había coches en la carretera. Miles de personas
caminando, llevando el ganado de un sitio a otro o vendiendo lo
que fuera en el arcén, pero nada de coches. Era la única carretera que iba de Addis Abeba hacia la ciudad de
Bahir Dar. No hay más. Ni cruces ni caminos de tierra que salgan de ella.
Nada. Si la coges, ya sabes al único sitio al que puedes llegar. La leche.
Por cierto, un todoterreno con conductor es
indispensable. El nuestro, Gatham, estuvo a punto de llevarse un burro
y un par de ovejas por delante, pero es que si hubiéramos conducido
nosotros, habríamos cenado carne todos los días... y en
abundancia. Es que lo de los animales es espectacular. Hay cientos de
miles de vacas, burros, ovejas y cabras y no están tan delgados como
se podría imaginar. Pero claro, hay unos 90 millones de etíopes... muchas bocas
que alimentar.
Y llegamos a Bahir Dar. Lo más interesante fueron los
monasterios que estaban alrededor del inmenso lago Tana. La mayoría no son muy
espectaculares (circulares y hechos con bloques de cemento), pero los que
estaban aislados en dos diminutas islas en el medio del lago, sí
que merecían la pena. En uno de ellos, vivían monjes y monjas juntos (pero
no revueltos, espero) y en su museo destacaban unos libros viejos, unos
vestidos ceremoniales y una piel gigante de serpiente (¿?). En el
otro, sólo había hombres y las mujeres no podían visitarlo. Lo que
nos llamó la atención es que sólo comían carne dos veces al año: el
Domingo de Resurreción y el Día de Navidad. Había una oveja balando como loca y
claro, nos dimos cuenta de que la pobre se olía que era víspera de
comilona...
Ese mismo día, y viendo que Bahir Dar no daba para más, nos
fuimos a la ciudad de Gondar. Sí, suena parecido a la ciudad del Señor de los
Anillos. No, no había orcos. Sí, había un castillo (de hecho 7). Y no, no tenía
un árbol blanco por ninguna parte (y mira que lo busqué)... Después de esta
retahíla freak (y van dos), os cuento que la
ciudad resultó bastante interesante. Tenía 7 castillos porque cada
uno de los reyes que gobernó quiso hacerse el suyo propio (no como en Europa,
que el castillo solía pasar de padre a hijo). Por la noche, aprovechando
que era Sábado Santo, decidimos dar un paseo después de cenar y ver si los
etíopes lo celebraban de alguna manera o no. De pura casualidad,
entramos en el recinto de una iglesia y nos invitaron a formar parte
de la ceremonia que estaban celebrando. A Myriam la sentaron aparte,
con el resto de las mujeres, pero a mí me dieron una vela y me indicaron que podía dar vueltas alrededor del templo siguiendo a la
cruz con ellos... Es difícil explicarlo, pero teníamos la sensación de
formar parte de algo íntimo, algo que quizá no deberíamos estar viendo... Una
suerte, la verdad.
Y por fin el domingo por la tarde nos dirigimos
a la última etapa del viaje: Lalibela. Una ciudad perdida en las montañas
a la que se llega atravesando un desierto y tras 7 horas metidos en el
coche. ¿Que qué narices se nos había perdido allí? Bueno, queríamos ver sus 13
iglesias excavadas en roca viva con más de 900 años de
antigüedad. La verdad es que son alucinantes. Están cinceladas a partir de
un único bloque y su acabado es muy limpio, pulido al detalle. Tienen todo tipo
de formas, pero la que más me impresionó fue la de Biet Ghiorgis (San
Jorge) con el techo en forma de cruz griega, a ras de suelo, y 15 metros de
profundidad. Muchas están comunicadas entre sí por túneles, lo que
convierte todo el complejo en un laberinto de cuidado. Lo bonito es que las iglesias se siguen utilizando y el
último día nos levantamos a las 5:30 para ver como dan misa. Los
fieles se visten de blanco y se dispersan alrededor de las iglesias para rezar.
Una imagen muy bonita.
Curiosidades etíopes:
- ¿Que no tengo sitio dentro del camión para la oveja? No
pasa nada. La pongo encima del trailer y a correr. Ojo, sin ataduras. Si el
camión frenaba, la oveja comía asfalto.
- Como en tantos otros sitios del mundo, se come con las
manos y le ponen picante a todo. A ver, muy sabroso, pero al quinto día rezas
por una ensalada normal y corriente que no te abrase la lengua...
- El idioma es el amárico (muy difícil de
hablarlo, parecido al árabe) y tienen su propio alfabeto, lo que no les ayuda a
abrirse al mundo. Claro que tampoco sé si les interesa...
- Los etíopes son cristianos ortodoxos, pero llevan
cientos de años sin influencias externas de ningún tipo, por lo que me da que
tienen su propia versión de la religión cristiana.
- Al final no pude evitar los bichos. En Lalibela nos
tuvimos que descalzar para ver el interior de las iglesias y, por supuesto, una
pulga se hizo mi amiga. Me picó 35 veces. Contadas.
La próxima semana, otra historia.