martes, 3 de febrero de 2026

Gris

Gris. Un hombre gris. "Eres un hombre gris" fueron sus palabras exactas. Y aquello le hizo sentir mal. Sólo porque le gustaba vestir de forma sobria...(un adjetivo extraño, por cierto. Valorado en un control de alcoholemia y en pocos sitos más. Otra palabra poco querida). 

Volvamos al gris porque a él le gustaba, mira tú por dónde. Era el color de la indefinición, de las cosas poco claras donde uno se podía mover sin ataduras. "Libertad" lo llaman algunos. 

Gris. El color de las nubes de tormenta. "No, ahí te equivocas o no sabes eso de "Uyuyuy, qué negro viene por allí". No, perdona, te concedo el gris oscuro, pero nunca el negro. Negro es el universo. La noche también. O una pupila. Hasta los cojones de un grillo, para sonar más castizo. Pero las nubes de tormenta, de esa tormenta de relámpagos que nos gusta a todos a finales de verano, que nos hace vibrar con sus truenos, son grises.

Y grises son las montañas. Un gris precioso, por cierto. Inmenso, apabullante. Pero gris al fin y al cabo. Vale, que por debajo de dos mil metros están cubiertas de bosques verdes y por encima de cinco mil de blanca nieve, pero todo lo demás es gris. 

Gris también es el hierro de la cruz del Monte Kenia, bueno, más bien de la punta Lenana. Sí, esa que está a 4.985 metros. La plata es gris. Metálicamente preciosa. ¿Los fascinantes tiburones? Grises. Y los elefantes. 

Al final se alegró. Incluso concluyó que la próxima vez que se lo dijesen iba a tener que decir "Gracias" a quien fuese.

Por cierto, lo mejor de todo, era daltónico.

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