martes, 11 de octubre de 2011

De buena mañana


Chirría el picaporte de la puerta (de esa forma en la que sólo es capaz de hacerlo cuando realmente necesitas que no suene). Medio abro el ojo (o abro medio ojo, como guste querido lector) y pienso aquello de “…¿quéhoraes?Joder,siesque.Lamadrequemeparío…”. Mi plegaria es escuchada y, tras el dintel, aparece la figura de mi señora madre. Malo. Me incorporo en un santiamén mientras me pregunto qué cosas he hecho mal últimamente. [Frase estúpida donde las haya. ¿Qué qué cosas has hecho mal? ¡Todas joder! Sino no estarías durmiendo con treinta y dos añitos en casa de tus padres...]

Al lío. Una madre sabe todo lo que has hecho, lo bueno y, sobre todo, lo malo. Mi cerebro, todavía somnoliento, bulle intentando recordar alguna de las fechorías por las que puedo ser justamente castigado. No logro encontrar nada especialmente reseñable. Se va acercando a la cama. Mi sentido común es aplastado por el instinto de supervivencia (Darwin estaría orgulloso de mí) y pueriles palabras martillean mi cabeza: “Rápido, di que la culpa es del Gobierno como hacen todos,..” pero antes de conseguir despegar mis pastosos labios, y decir cualquier imbecilidad acorde a mi nivel intelectual, alcanzo a ver en su mano un vaso rebosante de zumo de naranja. “¡Albricias, salvado!” exclamo ante la suspicaz mirada materna. Mi educación de colegio de pago hace bueno el dinero invertido y me hace preguntarle cortésmente que qué tal ha dormido. Mientras, sorprendida, me relata sus vaivenes nocturnos con el cuarto de baño, engullo el líquido (y sus celebérrimas vitaminas) de un trago. 

Cumplido el quehacer mañanero, aliviado por el no-reconocimiento de los pecados, apoyo el cabezón y me sumerjo, de nuevo, en los oníricos dominios de Fobetor, Fantaso y Morfeo.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Ciudad natal


Peca de señorial en algunas cosas, como esa balconada de madera blanca, impoluta, que se vuelca sobre el mar en Puerto Chico. O esos pequeños palacios, propiedad de "gente bien" (como diría mi añorada abuela), a pie de playa camino de El Sardinero. O quizá el haber sido residencia veraniega del rey Alfonso XIII es lo que le da ese aura un poco pomposa, decimonónica, como de rancio abolengo... 

Obviando eso, goza de un bonito paseo marítimo plagado de tamarindos, los cuales le dan un vistoso color azulado en primavera junto a un olor fresco, dulzón, evocador. El mar siempre está presente por toda la ciudad, ya sea gracias el suave rumor de las olas lamiendo la arena de la playa, mediante el bramido que produce al morir a los pies de los acantilados del norte o con su aroma derramándose por las calles del Barrio Pesquero. No puedo, ni quiero, ni debo, olvidarme de los parques de la ciudad, siempre verdes, donde destacan los magnolios (con sus blancas y olorosas flores), las palmeras (herencia de los llamados indianos) y las mimosas (de un amarillo imposible allá por febrero).

No es, ni mucho menos, la ciudad perfecta. Pero cualquiera que lea esto sabe (o sabrá) que no existe nada ni remotamente perfecto. Quedemonos en un ecuánime, y poco polémico, adjetivo: agradable. Una ciudad agradable. Y francamente, no es poco. ¿A quién no le gustaría vivir en una ciudad agradable?

lunes, 19 de septiembre de 2011

Ordenanza. Oficial. Severa.


Duelo bajo el sol. Tres palabras y asunto finiquitado. Ha ganado la juventud, pero… ¿por qué? Hay elucubraciones varias (teorías científicas las llaman) que ofrecen soluciones, que pretenden cuantificar lo intangible. Todas se equivocan. 

Sin lugar a dudas, la respuesta radica en el viejo parroquiano del bar. Ése que lleva acodado en la barra desde que Cronos adoptó su nombre. El que tiene los ojos tristes, cansados, de contemplar setenta años de sinsabores, de palos. Aquél cuyo cigarrillo le asoma a medio consumir entre sus labios maltrechos por la mala (buena) vida. 

Cansado de esperar una respuesta que no llegará jamás, Saturno se levanta. La curiosidad finalmente lo ha vencido, tiene que preguntarle. Lleva toda su vida espiándo, aprendiendo del Hombre, de sus miserias, pero aún así no había logrado lo que tanto ansiaba. Se acerca dubitativo, jamás ha sentido esta sensación angustiosa. El viejo, indiferente, le mira avanzar a través del humo de su cigarrillo. Al llegar a su altura, Saturno escupe las palabras que llevaban siglos torturándole.

Perplejo, el viejo sopesa qué responderle. Durante unos momentos sólo se oye su pesada respiración. Finalmente, le contesta con esa voz cascada propia del fumador. “Me conozco mejor que nadie. He reflexionado, discurrido, razonado, cada cosa que he hecho, las frases dichas, los besos dados, los golpes recibidos. Me he preguntado miles de veces porqué hice esto o aquello, pero no he averiguado nada de lo que me preguntas.” Saturno le mira contrariado. Piensa que si él no lo sabe, está perdido. Pero el viejo sentencia. “Sólo te puedo decir que a mi edad, sigo aprendiendo”. Saturno sonrie. Por fin.

domingo, 24 de julio de 2011

Influencias

Nos coaccionan. Nos impiden desarrollarnos. Nos condicionan. Un ejemplo: imaginemos un niño que vive perdido en lo más profundo de las selvas del Congo y que por azares de la fortuna, tiene acceso a unas pinturas y a unos cuantos papeles. Digamos que comienza a pinta cuadros de estilo cubista, que (por mera casualidad, que no causalidad) tienen un mínimo parecido con los de Pablo Ruiz Picasso. (Matización: donde escribo Pablo Ruiz Picasso, léase el artista que más rabia dé.) La conclusión más probable será que ha tenido alguna influencia del pintor malagueño y no le daremos ningún crédito. Nunca le concederemos la originalidad. Ya no.

No va a salir ningún Juan Manuel de Falla, ni ningún Miguel de Cervantes. No lo vamos a permitir. Hemos decidido que la creación está muerta (al igual que la otra Creación). Todo ello me sume en un mar de dudas: ¿debo seguir leyendo?¿ver películas?¿contemplar pinturas?¿no estaré perdiendo mi primigenia personalidad?¿importa esa pérdida?...


Vaya tela marinera. Creo que me voy a quedar por deseo (y por mi incapacidad para crear, lo reconozco) bajo el manto de la cómoda monotonía.

martes, 21 de junio de 2011

Clichés



Los utilizamos tan asiduamente para salvar cualquier situación incómoda, que ya ni nos ruborizamos lo más mínimo por su excesivo uso. Quiero creer que detrás de la mayoría de ellos, hay un poso de sabiduría, de experiencias generacionales previas, de cultura general (¡qué gran cajón de sastre!), pero temo ser un ingenuo.

Ser joven te hace ser, inevitablemente, “un imberbe, un niñato, que no sabe nada de la vida”. Una frase antigua como el mundo. Lo mínimo, si eres un pimpollo, es que tus opiniones (y/o ideas) sean puestas en cuarentena hasta que alguien cabal, sensato, en definitiva maduro, dé su beneplácito. Lo cierto es que “los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y les faltan al respeto a sus maestros.” Lo dicho, no hay nada que hacer, es el desastre, una generación perdida, ... Curioso que la frase sea de Sócrates (siglo V a.C.).

Lo peor es que la situación no termina de arreglarse cuando llegas a la vejez. Con esta lógica de, a mayor edad, mayor experiencia y sabiduría, cuando uno llega a anciano, debería de mostrarse un respeto casi reverencial por la persona. Pero no, resulta que una vez están ahí, ya nadie les escucha. Les hacemos creer que su tiempo ya ha pasado. “Chochea”, decimos. ¡Olé! Claro que sí. Otra de nuestras perlas. Les apartamos y los llevamos a los asilos para que “estén con gente como ellos”. Eso sí, una vez ya no están con nosotros nos encanta recordarlos, loarlos.

En fin extraño cuanto menos.