miércoles, 5 de octubre de 2011

Ciudad natal


Peca de señorial en algunas cosas, como esa balconada de madera blanca, impoluta, que se vuelca sobre el mar en Puerto Chico. O esos pequeños palacios, propiedad de "gente bien" (como diría mi añorada abuela), a pie de playa camino de El Sardinero. O quizá el haber sido residencia veraniega del rey Alfonso XIII es lo que le da ese aura un poco pomposa, decimonónica, como de rancio abolengo... 

Obviando eso, goza de un bonito paseo marítimo plagado de tamarindos, los cuales le dan un vistoso color azulado en primavera junto a un olor fresco, dulzón, evocador. El mar siempre está presente por toda la ciudad, ya sea gracias el suave rumor de las olas lamiendo la arena de la playa, mediante el bramido que produce al morir a los pies de los acantilados del norte o con su aroma derramándose por las calles del Barrio Pesquero. No puedo, ni quiero, ni debo, olvidarme de los parques de la ciudad, siempre verdes, donde destacan los magnolios (con sus blancas y olorosas flores), las palmeras (herencia de los llamados indianos) y las mimosas (de un amarillo imposible allá por febrero).

No es, ni mucho menos, la ciudad perfecta. Pero cualquiera que lea esto sabe (o sabrá) que no existe nada ni remotamente perfecto. Quedemonos en un ecuánime, y poco polémico, adjetivo: agradable. Una ciudad agradable. Y francamente, no es poco. ¿A quién no le gustaría vivir en una ciudad agradable?

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