lunes, 19 de septiembre de 2011

Ordenanza. Oficial. Severa.


Duelo bajo el sol. Tres palabras y asunto finiquitado. Ha ganado la juventud, pero… ¿por qué? Hay elucubraciones varias (teorías científicas las llaman) que ofrecen soluciones, que pretenden cuantificar lo intangible. Todas se equivocan. 

Sin lugar a dudas, la respuesta radica en el viejo parroquiano del bar. Ése que lleva acodado en la barra desde que Cronos adoptó su nombre. El que tiene los ojos tristes, cansados, de contemplar setenta años de sinsabores, de palos. Aquél cuyo cigarrillo le asoma a medio consumir entre sus labios maltrechos por la mala (buena) vida. 

Cansado de esperar una respuesta que no llegará jamás, Saturno se levanta. La curiosidad finalmente lo ha vencido, tiene que preguntarle. Lleva toda su vida espiándo, aprendiendo del Hombre, de sus miserias, pero aún así no había logrado lo que tanto ansiaba. Se acerca dubitativo, jamás ha sentido esta sensación angustiosa. El viejo, indiferente, le mira avanzar a través del humo de su cigarrillo. Al llegar a su altura, Saturno escupe las palabras que llevaban siglos torturándole.

Perplejo, el viejo sopesa qué responderle. Durante unos momentos sólo se oye su pesada respiración. Finalmente, le contesta con esa voz cascada propia del fumador. “Me conozco mejor que nadie. He reflexionado, discurrido, razonado, cada cosa que he hecho, las frases dichas, los besos dados, los golpes recibidos. Me he preguntado miles de veces porqué hice esto o aquello, pero no he averiguado nada de lo que me preguntas.” Saturno le mira contrariado. Piensa que si él no lo sabe, está perdido. Pero el viejo sentencia. “Sólo te puedo decir que a mi edad, sigo aprendiendo”. Saturno sonrie. Por fin.

1 comentario:

  1. Qué bien se te dan las letras, Ojáncano. Deberías deleitarnos más a menudo con esta prosa que a algunos tanto nos gusta.

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