Los utilizamos tan asiduamente para salvar cualquier situación incómoda, que ya ni nos ruborizamos lo más mínimo por su excesivo uso. Quiero creer que detrás de la mayoría de ellos, hay un poso de sabiduría, de experiencias generacionales previas, de cultura general (¡qué gran cajón de sastre!), pero temo ser un ingenuo.
Ser joven te hace ser, inevitablemente, “un imberbe, un niñato, que no sabe nada de la vida”. Una frase antigua como el mundo. Lo mínimo, si eres un pimpollo, es que tus opiniones (y/o ideas) sean puestas en cuarentena hasta que alguien cabal, sensato, en definitiva maduro, dé su beneplácito. Lo cierto es que “los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y les faltan al respeto a sus maestros.” Lo dicho, no hay nada que hacer, es el desastre, una generación perdida, ... Curioso que la frase sea de Sócrates (siglo V a.C.).
Lo peor es que la situación no termina de arreglarse cuando llegas a la vejez. Con esta lógica de, a mayor edad, mayor experiencia y sabiduría, cuando uno llega a anciano, debería de mostrarse un respeto casi reverencial por la persona. Pero no, resulta que una vez están ahí, ya nadie les escucha. Les hacemos creer que su tiempo ya ha pasado. “Chochea”, decimos. ¡Olé! Claro que sí. Otra de nuestras perlas. Les apartamos y los llevamos a los asilos para que “estén con gente como ellos”. Eso sí, una vez ya no están con nosotros nos encanta recordarlos, loarlos.
En fin extraño cuanto menos.