Alto,
huesudo, terco. Inmensamente delgado. Combatió en la Guerra Civil, lo que sin
duda modeló su carácter reservado, ya que nunca decía una palabra de más. Subía
al monte para despejarse y poder respirar el aroma de sus eucaliptos. Quiso
tener una familia y rodearse de su gente a pesar de ser un solitario. Odiaba el
exceso de confianza, los chismorreos entre vecinos, las relaciones superfluas y
el interés fingido (sí, ése que en el que algunos se escudan para echar una
ojeada dentro de la casa y matar ese gusano cruel que les reconcome por dentro
llamado curiosidad y apellidado malsana). Toda su vida trabajando por y para su
familia: con las vacas (en el monte o en la cuadra), en la fábrica de cristal o
en la huerta.
Su
mujer, por el contrario era mucho más afable. Siempre dispuesta a ofrecer de
todo y a todos. Alegre, despreocupada, vivaracha, siempre interesándose por si
estabas cómodo o querías algo más. Tan trabajadora como su marido, como mínimo.
Se ocupaba de la casa, de la huerta, de las gallinas, de cuidar a dos hijos y
de cualquier cosa que se le pusiera por delante. No se quejaba nunca.
Era
el pueblo. Pueblo de verdad. Los abuelos del pueblo. Mis recuerdos más cálidos
de la infancia.