martes, 20 de noviembre de 2012

Pueblo

Alto, huesudo, terco. Inmensamente delgado. Combatió en la Guerra Civil, lo que sin duda modeló su carácter reservado, ya que nunca decía una palabra de más. Subía al monte para despejarse y poder respirar el aroma de sus eucaliptos. Quiso tener una familia y rodearse de su gente a pesar de ser un solitario. Odiaba el exceso de confianza, los chismorreos entre vecinos, las relaciones superfluas y el interés fingido (sí, ése que en el que algunos se escudan para echar una ojeada dentro de la casa y matar ese gusano cruel que les reconcome por dentro llamado curiosidad y apellidado malsana). Toda su vida trabajando por y para su familia: con las vacas (en el monte o en la cuadra), en la fábrica de cristal o en la huerta.

Su mujer, por el contrario era mucho más afable. Siempre dispuesta a ofrecer de todo y a todos. Alegre, despreocupada, vivaracha, siempre interesándose por si estabas cómodo o querías algo más. Tan trabajadora como su marido, como mínimo. Se ocupaba de la casa, de la huerta, de las gallinas, de cuidar a dos hijos y de cualquier cosa que se le pusiera por delante. No se quejaba nunca.

Era el pueblo. Pueblo de verdad. Los abuelos del pueblo. Mis recuerdos más cálidos de la infancia.

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