He
emergido de las frías y oscuras aguas de un pozo. No es un pozo del cual se
saque agua con un cubo. Para entendernos es un pequeño, pequeñísimo, lago. El
paisaje no es el ideal de las postales al uso, pero a mi entender es precioso. Es
un valle verde, pequeño, de bajas cotas, pero de una tranquilidad de la que
solo se puede hablar susurrando. De lo contrario, desaparece.
El
rumor suave del pequeño arroyo que discurre por entre las casas es el que da
nombre al pueblo. Entre huertos y prados, casonas y bares, vacas y gallinas, se
esconde un estanque. Con unos eucaliptos lamiendo una de sus orillas y el verde
prado coloreando el resto, allí se encuentra brotando agua, Tremeo.
Una
cosa he de hacer en esta, mi, existencia. Devolverme, aunque sea solamente durante
un suspiro, a las aguas que me vieron nacer. Sentir el frío de mi tierra fluir
entre mis dedos. La alegría de vivir ese instante me permite seguir respirando,
pues espero, impaciente, que llegue el día en que me convierta en un ser
completo.
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