martes, 7 de octubre de 2014

Kwaheri Juan

Hace unos meses vino Juan (un compañero de beca) a visitarnos desde Moscú, así que para darle la bienvenida, nos fuimos a la costa, a la isla de Lamu. ¿Y qué queréis que os diga? Esta vez no era un paraíso de aguas cristalinas y playas de arena blanca, pero resultó más que interesante. Se trata de un pueblo de pescadores de mayoría musulmana (con 23 mezquitas nada menos) con influencia árabe, persa, swahili y portuguesa, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. 

Total, que el sábado por la mañana estábamos aterrizando en el aeródromo de la isla de al lado, que tenía una pista muy, pero que MUY, corta (apichonados es poco). Cruzamos en barca un canal y voilà, Lamu ante nosotros. Lo primero que hizimos fue coger un barco de vela, llamado dhow, y ver el atardecer navegando entre las islas. Luego nos tomamos una cerveza mientras nos bañábamos en la piscina del hotel y para rematar el día nos fuimos a cenar cangrejo. ¿Que qué tal estaba? Sólo voy a decir que lloro al recordarlo... 
Al día siguiente, en el  mismo dhow, salimos a navegar de nuevo. Nos movimos entre manglares, hicimos snorkeling y nos dieron de comer, en el mismo barco, los peces que habían conseguido pescar acompañado de arroz con salsa de coco.
A pesar de cómo suena todo esto, una de las cosas que más me gustaron fue ir caminando por la noche entre las estrechas callejuelas del pueblo, oír los cascos de un burro, esperar a que pase y ver que va solo, vamos, que está dando una vuelta por la noche, que es cuando refresca... Claro, se me olvidaba decirlo: Lamu no tiene ni un sólo coche, pero sí más 3.000 burros... 

Bueno, más cosas. Al final me fui por trabajo tres días a Dar es Salaam, Tanzania... Madre de Dios. Y yo que pensaba que Nairobi necesitaba desarrollarse. ¡Qué desastre de ciudad! Horas de atascos, basura allá por donde mirases, un bochorno espantoso, calles de arena que parecían dunas del París-Dakar,... No me gusta ser tan negativo, pero es que cuando pienso en ella se ve viene la palabra "agujero" a la cabeza... 

Por cierto, eso de las calles no asfaltadas de Dar es Salaam me ha recordado una cosa sobre los todoterrenos. Sí en algún sitio son útiles esos bichos es en África. No en las calles bien asfaltadas de las ciudades europeas, no. Aquí. 

A otra cosa mariposa. El fin de semana pasado, mi compañera de trabajo Fraciah, nos invitó a una fiesta a su casa. No estábamos muy por la labor, pero nos acercamos. Al llegar, resulta que no era lo que pensábamos (gente joven, copas, música), si no que su hermana se iba a casar y era la "fiesta" donde sus padres les decían a los amigos que su hija se casaba. ¡Otra preboda! Ojo que está también vino con novedades sobre el carácter kenaino. 

Para empezar la novia se enteró esa misma mañana que había una fiesta en su honor y a la mitad de los invitados no los conocía ni ella ni Fraciah. Pero bueno, vamos a lo interesante. Al llegar, Fraciah nos presentó a su padre. Éste me dijo que había estado en Fuengirola, Málaga y Mallorca. Y claro, yo le pregunté a Fraciah que cuando había estado: "Pues no lo sé la verdad. Creo que cuando era joven." Ostras, me digo, qué raro que no se lo haya preguntado nunca...A todo esto, veo a una señora mayor entre los invitados y le pregunto a Fraciah:
- ¿Quién es?
- Mi abuela
- Oh, ¿y cuántos años tiene? (Aquí no es ofensivo preguntar, tranquilos.)
- Pues no lo sé. Es una buena pregunta para hacerle... (A estas alturas, yo ya estaba con cara de póker, claro). Es que los kenianos no le damos mucha importancia a los cumpleaños. De hecho, hace tres semanas fue mi cumpleaños, mis padres no me felicitaron, mis amigos tampoco y mi hermana sí, pero sólo porque lo vió en Facebook...¡La madre que los parió!....

Pero bueno, la verdad es que nos hicieron sentir como si fuéramos de la familia (y eso que la nota de color la poníamos nosotros). Incluso nos pidieron perdón por dar un discurso en kikuyu (un dialecto tribal) y no en inglés. En fin. Seguimos acumulando experiencias...
  
Historias breves:
- Hace no tanto Julia (otra compañera becaria), me contaba desde Milán que era un horror salir a la calle, que hasta los perroflautas iban bien vestidos. Claro, yo esbozaba media sonrisa. A los kenianos, con tal de ir tapados, el resto les da exactamente igual. Así que, tan tirado como salgo a la calle aquí, ni en la playa de vacaciones oye...¡un lujo!  
- El otro día a Myriam, en el orfanato, una keniana le preguntó si era europea. "Sí, claro" le respondió. "Ah, pues es que estaba pensando en estudiar en Holanda y no sé si tú me podrías pasar el programa de estudios de la universidad de...". A los kenianos con Europa, les pasa lo mismo que a nosotros con África, pensamos que es todo lo mismo.
- A los blancos, los kenianos nos llaman Rangi ya thao. Más o menos significa que nuestra piel (blanca) tiene el color de los billetes de mil chelines. Vamos, que nos ven como dinero andante.

Bueno, la próxima semana otro cuento.

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