martes, 18 de noviembre de 2014

Chapati, Samosa, Ugali

Ostras pedrín, casi 15 días sin soltaros un rollo...¡Esto no puede ser!

En Septiembre/Octubre se apelotonaron todas las visitas: mi hermana y mi cuñado, tres amigos de nuestro primer máster (María, Elsa y Ángel), Elena (becaria ICEX en Rabat) y la hermana y a los padres de Myriam por aquí. Gracias a ellos nos hemos ido a la costa otra vez, al Masai, al Lago Naivasha,... La verdad es que es genial que venga tanta gente y desde tan lejos a verte (y a ver el país, claro ). ¡Gracias a todos!

Bueno, después de 10 meses dando vueltas por estas tierras (que se dice pronto), creo que ya toca hablar de comida tradicional keniana:
- Chapati: es parecida a una torta de maíz (como las utilizadas para las fajitas), pero un poco más grasienta y sabrosa. La solemos tomar como aperitivo.
- Samosa: una pequeña fritura de forma triangular que puede estar rellena de carne, verduras o queso. Espectacular como entrante.
- Ugali: es una pasta hecha de harina y agua. Sola es bastante sosa, pero si la acompañas de sukuma (una verdura parecida a la espinaca) está relativamente buena.
- Kachumbari: una ensalada a base de tomate, cebolla y pimiento. Lo gracioso es que a veces le ponen chili y otras no... "Jojojo" es lo que dices cuando te tomas un buen bocado y empiezas a llorar...
- Matoke: una especie de plátanos que cuecen, guisan con alubias o hacen papilla. Increíblemente buenos.
- Mandazi: es un dulce con un sabor parecido al de los churros.  Si lo frotas contra un muro de hormigón, puedes hacerlo transparente gracias a la grasa que suelta.
- Kashata: a pesar de su poco atractivo color rosa radioactivo, la verdad es que está bueno. Se hace en Mombasa y es una pasta de coco, azúcar y agua. 
Luego tienen algunas recetas muy sabrosas como pescado (de cualquier tipo) acompañado de arroz en salsa de coco o el famoso Nyama Choma, que es carne (principalmente de cabra), hecha a la brasa previamente marinada con curry. Por último mencionar los cacahuetes. Nada que ver con los que comemos en España. Increíbles...
Hala, ¡que os aproveche!

A ver, historietas varias. En agosto, nos bajamos al Lago Magadi. Con ese nombre, esperaba encontrar agua, pero no (¡oh contrariedad!), este lago estaba lleno de sal. Ya por el camino, me dí cuenta de que existía otra Kenia diferente a la que he había visto hasta ese momento: la desértica. Era un desierto con árboles (al que le suene a contrasentido, que venga a comprobarlo) y en vez de campos de maíz o de trigo, allí tenían campos de piedras. Cuando estábamos llegando se dieron cuenta de que el lago tenía un color rosa (yo no, claro. Los colores y yo, ya sabéis...). Al parecer el color se debe tanto al carbonato sódico que abunda en el lago, como a los miles de flamencos que lo poblaban...:) Por cierto, me enteré que el color rosa de los flamencos  es porque en su dieta se comen un mineral que es el que se lo produce. En resumen, que la visita fue chula aunque hacía demasiado calor (39 grados) lo que hacía que el agua de las fuentes termales estuviese hirviendo. Tampoco ayudó el hecho de que un masai nos amenazase con enviarnos a los guerreros si no le dábamos dinero... En fin, diferente.

A principios de septiembre nos fuimos a otra boda keniana (y van dos). Esta vez era un poco diferente. Por un lado la novia era keniana, y había estudiado ginecología en la República Dominicana. Por el otro el novio era un psicólogo italiano. Total que en la boda había 150 kenianos, 45 italianos y nosotros dos. Lo mejor fue que se mezclaron las tradiciones y tenías desde pizzas y embutidos italianos hasta danzas y cantos típicos kenianos, pasando por la música de Titanic (sí, Céline Dion) como marcha nupcial. Entre los cantos típicos estaba ése en el que las mujeres cantan a la pronta llegada del primer hijo (aquí te casas y al tema. Si rápidamente no tienes retoños es que algo no va bien...). Ojo piojo. ¿Lo más curioso? El novio tuvo que ir a casa de los padres a pagar la dote...en vacas. En este caso eran muchas vacas porque la chica había estudiado. Todo muy curioso, como siempre.

Y lo último que hicimos fue lo más turístico de todo: nos fuimos al orfanato de elefantes. Está aquí, en Nairobi, y es un centro que se dedica a recoger a los elefantes que, o bien son abandonados por sus padres, o los cazadores furtivos los han dejado huérfanos. Se cuidan hasta que tienen 4 o 5 años y entonces se intenta reintegrarlos en la vida salvaje. El espectáculo consiste en verles desayunar un biberón de leche, verles jugar y hasta tocarles cuando pasan cerca de ti. Hasta aquí todo muy bonito, pero por ahí circula la (terrible) teoría de que, al ser un sitio muy turístico, que siempre está lleno y que da bastante dinero, los guardas se dedican a ir por los parques robando a las crías para que siempre haya elefantes pequeñitos a los que ir a ver... Yo creo que no se puede desconfiar así de todo. El sitio es muy chulo y merece la pena ir a verlos. No hay que darle más vueltas.

Curiosidades:
- Supongo que los más freaks lo sabréis, pero la marca blanca que Decathlon utiliza para sus prendas para correr (Kalenji) viene de que hay una tribu en Kenia especializada en correr largas distancias, que se llama.....tatatachántachán....Kalenji. Unos cracks buscando nombres.
- El otro día, llegando a los apartamentos, el guardia de seguridad me dice que tiene que hablar conmigo de negocios. "Adelante" le contesto. "Pues mira, cada vez que quieras un taxi, me lo dices a mí, le llamo yo y así me llevo una comisión".... Estos tíos están siempre buscando negocio. Vaya fieras.
- Ayer me fui a cortar el pelo. Aquí lo cortan con peine y máquina, nada de tijeras. Hasta ahí vale. Lo gracioso es que luego de raparme (porque eso no se puede llamar cortar), me lava la cabeza y ...¡las orejas! El tío me metía el dedo que parecía que quería sacarme cera... En fin, asustado me hallo.

Besos y abrazos para todos!

martes, 4 de noviembre de 2014

Monte Kenia

¿Por qué se merece una entrada? Porque son 4.985 metros hasta la cumbre. Porque ha sido lo más duro que he hecho en mi vida. Porque la montaña da nombre al país y no al revés. Porque ha sido un reto brutal...

La expedición (nada menos) la formábamos seis kenianos (un guía, un cocinero y cuatro porteadores), tres suizos y tres españoles. Los porteadores eran para la comida y para las cosas de dos de los suizos. El resto llevábamos todas nuestras cosas a la espalda (lo digo por si había dudas...). 
Bueno, al tema. Después de darnos de comer, nos dejaron en una de las puertas de entrada al parque (llamada Naro Moru) a 2.400 metros de altura, y tras una apacible marcha de 3 o 4 horas, llegamos al campamento donde íbamos a dormir (a 3.000 metros). Hasta ese momento todo bien: risas, mucho té con azúcar y buen ánimo.

Al día siguiente salimos a las 8 de la mañana. Las primeras dos horas las hicimos atravesando un bosque verde y frondoso (como los del Norte de España, vaya). De repente el paisaje cambió y casi se nos antojaba desértico con unas plantas semejantes a cactus. La ascensión fue más dura y larga que el día anterior (unas 7-8 horas) e, incluso, nos empezó a nevar sobre los 4.000 metros. Pero bueno, conseguimos llegar al siguiente refugio (4.200m) a eso de las 3-4 de la tarde. Cenamos como jabatos (siempre comida caliente), jugamos un par de partidas de cartas y a las 19:30 nos fuimos a la cama. 




Inciso: desde que empezamos a preparar el viaje, yo estaba preocupado por el mal de altura. Da igual que te hayas preparado muy bien físicamente, si te da, has de descender sí o sí. No hay nada que puedas hacer. Bueno, pues ese día me acosté con fiebre y con el estómago haciendo de las suyas. Pero como el guía nos había dicho que lo más duro ya lo habíamos pasado, yo pensaba que lo teníamos casi hecho.....(¡y un cojón de pato!).

El último día de ascensión (lunes) nos levantamos a las 2:15 de la mañana. Nos pusimos toda la ropa de abrigo posible (estábamos a -5 grados) y empezamos a subir el último tramo. Estaba todo nevado/congelado y había puntos en que en vez de avanzar, no hacías más que resbalar hacia abajo sobre la nieve. Para ser sinceros, a 4.500-4.600m ya no podía con mi alma. No hacía más que dar vueltas en la cabeza a ver cuando les decía a mis compañeros que "Todo muy bonito, pero hasta aquí hemos llegado señores". Por pura cabezonería (esa que tanto le gusta a Myriam) seguí sufriendo como un perro y llegamos a un mini-refugio a 4.800 metros. No hay explicación, pero me allí me recuperé totalmente. Descansamos dos minutos y enfilamos hacia la cumbre. 




Toda la ascensión es muy empinada, pero la última parte es una exageración. Tenía incluso cables fijos a los que debías cogerte, porque un mal paso y bajabas 500 metros del tirón... Fue duro y cada paso costaba la vida, pero metro a metro y respirando como búfalos, hicimos cumbre. 4.985 metros.



Podríais pensar que ya estaba todo hecho, pero no. Después de hacer cumbre a eso de las 6:30 de la mañana, ver amanecer y tirar unas cuantas fotos, tuvimos que bajar 20 kilómetros (sí, 20) para llegar al sitio donde íbamos a pasar la última noche. El paisaje era precioso (valles verdes, cascadas, bosques,...dicen que Tolkien se inspiró en este paisaje para crear Rivendel), pero íbamos tan jodidos que apenas lo apreciamos. Total, llegamos muertos al campamento, devoramos la cena, charlamos 20 minutos y a dormir. Tardé como 1 minuto y 12 segundos en dormirme.

Por último, el día en que solo teníamos que montar en un todoterreno y dejarnos llevar, se convirtió en una odisea. Nos dijeron que para 32 kilómetros tardaríamos 3 horas porque la carretera estaba mal. "Qué exagerados pensé". Al final tardamos 7 horas. La peor carretera de la historia. Sólo había barro. El coche se quedó atrapado como 6 veces (y eso que los neumáticos tenían cadenas) y había que empujarlo y zarandearlo para que saliese... Para vivirlo.




En fin, una de las mejores experiencias de mi vida. Sencillamente espectacular. 


Besos y abrazos para todos!