jueves, 9 de enero de 2020

Santiago


Llamada de Myriam a las 14. Contengo el aliento y contesto:
- ¿Sí?
- Por favor, baja que Lucas tiene un poco de fiebre y está empachoso. Se ha tirado en la acera y no puedo con él.
- Vale, ya voy cariño. Pero, ¿estás bien verdad? ¿Bajo y vuelvo a subir al curro?
- Si, sin problema.
Si a esta conversación le ponemos un contexto de un embarazo de 9 meses, se entenderá mejor.

Le explico al compañero dos cosas más, cojo la moto y en 10 minutos estoy en casa. No porque le he dado caña, sino porque una ciudad pequeña es lo que tiene. Me espero encontrar un belén montado en la acera, pero para mi alivio, la acera está despejada. Entro en casa y oigo:

- Duérmele, que no me siento muy bien.

Le tomo la temperatura. 38. Paracetamol, nana y niño frito. Son las 14:30. Salgo de la habitación y se acaba la incertidumbre. “No me siento muy bien. Llama a mis padres”. Empieza el lío. A ver si no dura mucho.

- Charo, bajad ya.
- ¿Pero Myriam se encuentra bien?
- Si, pero empieza con molestias. Mejor bajad ya por favor.
- Vamos.

En esos 15 minutos de espera en la casa se oye: “¡No puedo más! ¡Que vengan ya! ¿Por qué tardan tanto?”. “Bueno, tranquila, están de camino, respira.” También se oye como el líquido amniótico cae sobre la alfombra después de romperse la bolsa. Incluso si se afina el oído, se puede escuchar masticar a toda pastilla una ensalada de garbanzos aliñada con gritos del estilo de “¡¿Pero quieres dejar de comer ya?!”. Lo que no se escucha son los pensamientos de él: “No, no. Hay que comer que el parto puede durar horas”.

A las 15:00 mis suegros entran por la puerta. Les atropello nada más cruzar la puerta: “Lucas ha estado malo. Si vuelve a tener fiebre, 5 ml de paracetamol y listo de papeles. La cena en la nevera: pescado y crema de calabaza. Nos vamos”. Cogemos el ascensor. Salimos en la planta baja y a los 3 metros, Mica se tira al suelo de rodillas y dice eso de:
- No puedo más.
- Vamos cariño, el coche está ahí mismo.
- No puedo, no llego.
Después de eso, tres gritos brutales, de muy adentro, de la parte más animal que tenemos. La vecina del bajo entra en escena: “Perdona, ¿os puedo ayudar?” Mi suegro baja a trompicones la escalera “¿Qué hago, llamo al 112?”. Desisto de intentar subir en coche. Ella ya no puede más. “Sí, claro, llama al 112”. “Era calle Magnolia, ¿no?...”

“Ya está aquí”. ¿El qué? ¿Una contracción fuerte? Se palpa y repite: “Ya está aquí. Le estoy tocando la cabeza”. Se acabaron las tonterías. Me arrodillo con ella y veo que la cabeza de mi segundo hijo asoma rubita al mundo. Le cojo el cuello con la mano derecha mientras con la izquierda le acompaño en el giro de sus hombros. Finalmente, con un último empujón de su mamá, le ayudamos a nacer. Le aguanto un segundo en mis manos y al momento se lo doy a Myriam. Como buena madre, es rápida pensando en su retoño: “Una manta por favor”. La vecina reaparece con una toalla y lo envolvemos.

Santiago acaba de nacer en el portal. Su padre, su madre y él. Faltan el burro y la vaca. Y algo de heno.

Un pico de emoción brutal, animal, irrepetible. No recuerdo nada parecido. Lloro como hace tiempo que no lo hacía. Hablo farfullando. Feliz.

2 comentarios:

  1. Joder Alex... El blog es brutal... Pero la última entrada es muy emocionante... De vez en cuando entro en tu blog esperando unas nuevas palabras pero como no la hay vuelvo a leer lo último...se me escapan las lágrimas siempre que lo leo, de emoción, de imaginaros ahí.. de traer vida al mundo tan de sopetón...
    Bueno... Por todo lo que habéis pasado en los últimos meses... Un abrazote enorme. Eloy

    ResponderEliminar
  2. Gracias por tus palabras Eloy, de verdad. Lo acabo de releer y también me he emocionado recordándolo y, como bien dices, por los últimos meses. A ver si me animo y retomo la pluma...

    Gracias otra vez!

    ResponderEliminar