jueves, 9 de enero de 2020

Sala de espera

Allí estábamos. Un miércoles cualquiera de diciembre. Yo, con mi curiosidad innata de sociólogo (o antropólogo, o lo que sea) y mi hijo mayor con una incipiente gastroenteritis. El panorama de la fauna humana allí presente era, cuanto menos, variopinto.

La familia gitana. El paciente era un bebé de un año que no paraba de vomitar, de (“con perdón”) mearse y que tenía “febri” o “febre”. La madre unos 19-20 años, la suegra que no paraba de hablar de Dios iba en pantuflas (más ancha que larga) y tenía miedo de coger algo en el hospital. “Porque“ya se sabe. Subes con un resfriado y bajas sin un pulmón”. El pan nuestro de cada día en los hospitales públicos. Maldito tabaco.

El padre de la criatura, muy cariñoso con ella, aparte de hablarla en romaní, la lanzaba al aire alegremente a pesar de la posibilidad (tangible y untuosa) de ducharnos al resto con los efluvios de su vástago.


Los abuelos de Enzo. La madre nada más llegar:
- Buenas, venía con el niño que tiene 40 de fiebre.
- Muy bien, ¿nombre del niño?
- Enzo Jiménez Muñoz
- ¿Perdón? Nombre y apellidos por favor.
- Si, claro. Enzo Jiménez Muñoz
- Jiménez Muñoz y el nombre
- Enzo.
- ¿Cómo?
- ENZO.
- Esto...
- E-N-Z-O

Y encima parecía ofendida. Alma de cántaro, no te enojes. Está fenomenal que elijas el nombre que quieras, pero baraja la opción de que no todo el mundo lo conozca. No pretenderás llamarte John, haber nacido en Ávila, que tu padre se llame José y tu madre María Luisa y que la gente no sufra un tic en el ojo durante un pequeño instante al oír tu nombre....

Volvemos a los abuelos. Pobrecillos. Setenta y pico años y perdidos como niños. El hombre con botas de montaña, la mujer, inmensa, con cara de amabilidad. Y más que se le ensanchaba cuando le cogía el teléfono a su marido. Querían irse ya con su nieto al pueblo. Aunque se llamase Enzo y no Eulogio como el bisabuelo. Modernidades.


Hermano de Padilla. 2 horas en la sala de espera y dos horas mirando el teléfono. Ojos claros, rostro similar al susodicho torero y jersey de Marc Márquez del Pull & Bear. Intento intercambiar mirada de complicidad con él por lo de Márquez (“Oye, vaya monstruo, ¿eh?”), pero me topo obstinadamente con la parte trasera de su móvil. Es de los que lleva 5 euros entre la funda y el terminal. ¿También el DNI? Me quedaré con la duda.


Madre soltera. Aparece un carro cargado de ropa y utensilios varios. Detrás, una madre con su bebé en brazos. Nos dice que tiene 40 de fiebre (debe estar de moda hoy). Eso sí, la tiene tapada hasta la punta de la nariz. ¿Lo peor? Tiene a su hija en brazos y a la vez escribe mensajes  en el teléfono móvil. Lamentable. A este paso, algún día veremos a algún desdichado con un móvil integrado en la cabeza. ¿Exageraciones? Al tiempo.

Volvamos con la madre. Cansada de escribir, se decide a llamar a sus padres para decirles que ya está en el hospital con la niña. Que no se preocupen y que vayan cenando. “Qué maja”, pienso. Eso sí, cuando viene la enfermera a atender a su hija con 40 de fiebre y veo que sigue hablando por el móvil, ya no me parece tan maja. Tras la marcha de la facultativa se arranca a hablar y nos cuenta que tiene otra hija mayor, de 5 años, que se ha quedado con ganas de venir. Menos mal que ha imperado el sentido común (el de la niña, imagino) y, finalmente, se ha quedado en casa. Más que nada porque parece prudente evitar perder un órgano por una visita tonta al hospital...

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