Allí estábamos. Un
miércoles cualquiera de diciembre. Yo, con mi curiosidad innata de sociólogo (o
antropólogo, o lo que sea) y mi hijo mayor con una incipiente gastroenteritis.
El panorama de la fauna humana allí presente era, cuanto menos, variopinto.
La familia gitana. El paciente era un
bebé de un año que no paraba de vomitar, de (“con perdón”) mearse y que tenía
“febri” o “febre”. La madre unos 19-20 años, la suegra que no paraba de hablar
de Dios iba en pantuflas (más ancha que larga) y tenía miedo de coger algo en
el hospital. “Porque“ya se sabe. Subes con un resfriado y bajas sin un pulmón”.
El pan nuestro de cada día en los hospitales públicos. Maldito tabaco.
El padre de la criatura,
muy cariñoso con ella, aparte de hablarla en romaní, la lanzaba al aire
alegremente a pesar de la posibilidad (tangible y untuosa) de ducharnos al
resto con los efluvios de su vástago.
Los abuelos de Enzo. La madre nada más
llegar:
- Buenas, venía con el
niño que tiene 40 de fiebre.
- Muy bien, ¿nombre del
niño?
- Enzo Jiménez Muñoz
- ¿Perdón? Nombre y
apellidos por favor.
- Si, claro. Enzo Jiménez
Muñoz
- Jiménez Muñoz y el
nombre
- Enzo.
- ¿Cómo?
- ENZO.
- Esto...
- E-N-Z-O
Y encima parecía ofendida.
Alma de cántaro, no te enojes. Está fenomenal que elijas el nombre que quieras,
pero baraja la opción de que no todo el mundo lo conozca. No pretenderás llamarte
John, haber nacido en Ávila, que tu padre se llame José y tu madre María Luisa
y que la gente no sufra un tic en el ojo durante un pequeño instante al oír tu
nombre....
Volvemos a los abuelos.
Pobrecillos. Setenta y pico años y perdidos como niños. El hombre con botas de
montaña, la mujer, inmensa, con cara de amabilidad. Y más que se le ensanchaba
cuando le cogía el teléfono a su marido. Querían irse ya con su nieto al
pueblo. Aunque se llamase Enzo y no Eulogio como el bisabuelo. Modernidades.
Hermano de Padilla. 2 horas en la sala
de espera y dos horas mirando el teléfono. Ojos claros, rostro similar al
susodicho torero y jersey de Marc Márquez del Pull & Bear. Intento
intercambiar mirada de complicidad con él por lo de Márquez (“Oye, vaya monstruo,
¿eh?”), pero me topo obstinadamente con la parte trasera de su móvil. Es de los
que lleva 5 euros entre la funda y el terminal. ¿También el DNI? Me quedaré con
la duda.
Madre soltera. Aparece un carro
cargado de ropa y utensilios varios. Detrás, una madre con su bebé en brazos.
Nos dice que tiene 40 de fiebre (debe estar de moda hoy). Eso sí, la tiene
tapada hasta la punta de la nariz. ¿Lo peor? Tiene a su hija en brazos y a la
vez escribe mensajes en el teléfono móvil. Lamentable. A este paso, algún
día veremos a algún desdichado con un móvil integrado en la cabeza.
¿Exageraciones? Al tiempo.
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