Llamada de Myriam a
las 14. Contengo el aliento y contesto:
- ¿Sí?
- Por favor, baja que
Lucas tiene un poco de fiebre y está empachoso. Se ha tirado en la acera y no
puedo con él.
- Vale, ya voy
cariño. Pero, ¿estás bien verdad? ¿Bajo y vuelvo a subir al curro?
- Si, sin problema.
Si a esta conversación
le ponemos un contexto de un embarazo de 9 meses, se entenderá mejor.
Le explico al
compañero dos cosas más, cojo la moto y en 10 minutos estoy en casa. No porque le
he dado caña, sino porque una ciudad pequeña es lo que tiene. Me espero encontrar
un belén montado en la acera, pero para mi alivio, la acera está despejada.
Entro en casa y oigo:
- Duérmele, que no me
siento muy bien.
Le tomo la
temperatura. 38. Paracetamol, nana y niño frito. Son las 14:30. Salgo de la
habitación y se acaba la incertidumbre. “No me siento muy bien. Llama a mis
padres”. Empieza el lío. A ver si no dura mucho.
- Charo, bajad ya.
- ¿Pero Myriam se
encuentra bien?
- Si, pero empieza
con molestias. Mejor bajad ya por favor.
- Vamos.
En esos 15 minutos de
espera en la casa se oye: “¡No puedo más! ¡Que vengan ya! ¿Por qué tardan
tanto?”. “Bueno, tranquila, están de camino, respira.” También se oye como el
líquido amniótico cae sobre la alfombra después de romperse la bolsa. Incluso
si se afina el oído, se puede escuchar masticar a toda pastilla una ensalada de
garbanzos aliñada con gritos del estilo de “¡¿Pero quieres dejar de comer ya?!”.
Lo que no se escucha son los pensamientos de él: “No, no. Hay que comer que el
parto puede durar horas”.
A las 15:00 mis
suegros entran por la puerta. Les atropello nada más cruzar la puerta: “Lucas ha
estado malo. Si vuelve a tener fiebre, 5 ml de paracetamol y listo de papeles.
La cena en la nevera: pescado y crema de calabaza. Nos vamos”. Cogemos el
ascensor. Salimos en la planta baja y a los 3 metros, Mica se tira al suelo de
rodillas y dice eso de:
- No puedo más.
- Vamos cariño, el
coche está ahí mismo.
- No puedo, no llego.
Después de eso, tres
gritos brutales, de muy adentro, de la parte más animal que tenemos. La vecina del
bajo entra en escena: “Perdona, ¿os puedo ayudar?” Mi suegro baja a trompicones
la escalera “¿Qué hago, llamo al 112?”. Desisto de intentar subir en coche.
Ella ya no puede más. “Sí, claro, llama al 112”. “Era calle Magnolia, ¿no?...”
“Ya está aquí”. ¿El
qué? ¿Una contracción fuerte? Se palpa y repite: “Ya está aquí. Le estoy
tocando la cabeza”. Se acabaron las tonterías. Me arrodillo con ella y veo que
la cabeza de mi segundo hijo asoma rubita al mundo. Le cojo el cuello con la
mano derecha mientras con la izquierda le acompaño en el giro de sus hombros. Finalmente,
con un último empujón de su mamá, le ayudamos a nacer. Le aguanto un segundo en
mis manos y al momento se lo doy a Myriam. Como buena madre, es rápida pensando
en su retoño: “Una manta por favor”. La vecina reaparece con una toalla y lo
envolvemos.
Santiago acaba de
nacer en el portal. Su padre, su madre y él. Faltan el burro y la vaca. Y algo
de heno.
Un pico de emoción brutal,
animal, irrepetible. No recuerdo nada parecido. Lloro como hace tiempo que no
lo hacía. Hablo farfullando. Feliz.