martes, 3 de febrero de 2026

Gris

Gris. Un hombre gris. "Eres un hombre gris" fueron sus palabras exactas. Y aquello le hizo sentir mal. Sólo porque le gustaba vestir de forma sobria...(un adjetivo extraño, por cierto. Valorado en un control de alcoholemia y en pocos sitos más. Otra palabra poco querida). 

Volvamos al gris porque a él le gustaba, mira tú por dónde. Era el color de la indefinición, de las cosas poco claras donde uno se podía mover sin ataduras. "Libertad" lo llaman algunos. 

Gris. El color de las nubes de tormenta. "No, ahí te equivocas o no sabes eso de "Uyuyuy, qué negro viene por allí". No, perdona, te concedo el gris oscuro, pero nunca el negro. Negro es el universo. La noche también. O una pupila. Hasta los cojones de un grillo, para sonar más castizo. Pero las nubes de tormenta, de esa tormenta de relámpagos que nos gusta a todos a finales de verano, que nos hace vibrar con sus truenos, son grises.

Y grises son las montañas. Un gris precioso, por cierto. Inmenso, apabullante. Pero gris al fin y al cabo. Vale, que por debajo de dos mil metros están cubiertas de bosques verdes y por encima de cinco mil de blanca nieve, pero todo lo demás es gris. 

Gris también es el hierro de la cruz del Monte Kenia, bueno, más bien de la punta Lenana. Sí, esa que está a 4.985 metros. La plata es gris. Metálicamente preciosa. ¿Los fascinantes tiburones? Grises. Y los elefantes. 

Al final se alegró. Incluso concluyó que la próxima vez que se lo dijesen iba a tener que decir "Gracias" a quien fuese.

Por cierto, lo mejor de todo, era daltónico.

jueves, 16 de marzo de 2023

No puedes darme lo que quiero

- No puedes darme lo que quiero.

- No sabes lo que puedo darte. Prueba.

Ella le mira sonriendo con los ojos. Los labios fruncidos en un mohín juguetón. Él le devuelve la mirada serio, pensativo.

- No lo entiendes. No estoy pensando en un beso... 

Ella sigue con las manos en los vaqueros en actitud relajada. No se asusta de lo que oye. Él aprovecha la pequeña pausa y reordena rápidamente sus ideas.

- No me malinterpretes, me encantaría poder besarte, abrazarte, sentirte, olerte. Sueño con irnos a la cama y saciarme de ti. Quiero besar cada uno de tus rincones y que me pidas que busque más. Y estoy seguro de que durante un tiempo podría funcionar.

Ahora ella le escucha con interés. Se pregunta por qué tanta sinceridad. Él continúa.

- Pero eso no es suficiente. Yo querría más. Me encanta cómo eres: tu risa, tu forma de ser, tus bromas, tus gestos. Todo. Y me gustaría que sonrieses cuando veas que te llamo al móvil, que te pusieses nerviosa al oír las llaves en la cerradura y verte feliz al despertar a mi lado. Que compartiésemos todo: miedos, alegrías y secretos. Pero todo esto no va a ser así...

Otra pausa.

- Llevamos años en el mismo grupo de amigos y cada uno hemos tenido nuestras parejas. Lo que pasa es que yo hace ya tiempo que no me fijo en nadie más, mientras que yo a ti no te he interesado nunca.

Ella amaga con protestar, pero él continúa con cierta tristeza:

- No pasa nada, no es malo. Es la verdad. Quizá ahora te llame la atención, pero es momentáneo. Es un calentón. Pasará...

- Eso no lo sabes - ella le coge las manos y continúa atropelladamente - Hasta hace poco no nos hemos dado ni la oportunidad de conocernos. Yo pensaba que eras un maldito chulo y tú que yo era una borde. ¡Me lo dijiste ayer mismo! Pero estos días me ha encantado tu forma de ser, tu buen humor, tu sonrisa. Quiero seguir conociéndote. 

Ella suspira nerviosa.

- ¿Lo intentamos?

Le apremia con la mirada. Él esboza media sonrisa.

- Maldita sea. Podría haberme callado, no pensar más allá y conseguir lo que llevo mucho tiempo deseando. Pero, como te he dicho, no puedes darme lo que quiero. Prefiero no tenerte nunca a soñar con la posibilidad de tenerte siempre y despertar.

martes, 3 de enero de 2023

Papá, tengo un problema

- Papá, tengo un problema. 

Es la frase de Santiago, de tres años, desde el cuarto de baño. Al escucharla se me pasan varias cosas en tropel por la cabeza y ninguna de ellas me tranquiliza demasiado. Los antecedentes no son alentadores. 

Hace un mes, cinco minutos después de dejarle sentado en la taza del váter, empecé a oír correr el agua del lavabo. Le di 30 segundos más y al ver que no cerraba el grifo, decidí entrar corroído por la curiosidad. Mi pequeño estaba de puntillas en el lavabo, pantalones por los tobillos, tratando de limpiarse sus manitas de esa sustancia marrón que nuestro cuerpo ya no necesita: mierda. También estaba en su culo, en la taza del váter, el lavabo, el grifo,... Todo muy desagradable, pero tierno (no la mierda, que también, si no la situación). Sin problema: ducha del enano, limpieza del baño y todo quedó en una anécdota.

El mayor ha sido (y es) menos trasto, pero también tiene su episodio escatológico. La lección que aprendimos fue que dejar que los niños lleven juguetes al baño puede llevarte a tener que coger su coche favorito del fondo y tocar cosas que no creeríais (parafraseando al bueno de Roy Batty).

Total, que salgo de la cocina y miro hacia el salón. Mi mujer me dedica una sonrisa entre divertida y burlona. Ella está dando de mamar al bebé y sabe que está fuera de la ecuación. Medio masculla un "buena suerte" y sonríe. Giro hacia el baño y en esos tres metros escasos desde puerta de la cocina al cuarto de baño hay cierto miedo a lo conocido y mucha imaginación que vuela libre. Sólo pienso en que estaba haciendo la comida y que voy a tener que limpiar(me) pero que muy bien todo. Por fin ante la puerta. Cojo aire, me impongo una sonrisa y abro.

- ¿Me coges el libro? Se me ha caído.

martes, 9 de febrero de 2021

Redes sociales

¿En serio? No, no y no. Eso no es social. Social es tocar, oler, sentir, besar. Son risas y sonrisas (puta mascarilla), cañas de dos en dos. Son miradas. Social es jugar al fútbol, salir de fiesta, incluso pegarse. Pero es verdad que redes sí que son. De las que te atrapan.

 

- “No, no, si yo las utilizo para estar en contacto con mis amigos del Erasmus que hace 15 años que no veo.” ¿Perdón? ¿Amigos? ¿15 años sin verles y les llamas amigos? ¿Y me llamas a mi para contármelo?... Pues si no les ves, será por algo. Vamos, digo yo.

 

- “No, es que la/le sigo porque cuelga cosas interesantes: una receta sana, cómo se maquilla, una foto chula...”.  Y ya de paso, ves con quién se ha acostado, lo que se ha comprado, sus vacaciones en la playa, lo que caga,... Todo. Y encima piensas que su vida es perfecta y la tuya una mala imitación porque sólo habla/escribe/postea de las cosas buenas (bonitas y baratas) que hace. ¿Gracias?

 

Joder, yo me flagelaba de crío porque quería vivir aventuras (y dejar de leerlas en libros) y ahora lo que hacen es ver vídeos de gente jugando a videojuegos durante horas. Ojo, que ni siquiera juegan ellos... ¿Poso? Quizá presbicia a medio plazo. Poco más

 

Pero bueno, caerán. Mucho Lobo Estepario, pero necesitamos socializar como el respirar. ¿O es que va a durar mucho lo de ver a 5 críos en un banco sentados jugando entre ellos al móvil sin siquiera mirarse? ... Lo dudo.


Generación de contenidos. Marca personal. Vende humos.

jueves, 9 de enero de 2020

Santiago


Llamada de Myriam a las 14. Contengo el aliento y contesto:
- ¿Sí?
- Por favor, baja que Lucas tiene un poco de fiebre y está empachoso. Se ha tirado en la acera y no puedo con él.
- Vale, ya voy cariño. Pero, ¿estás bien verdad? ¿Bajo y vuelvo a subir al curro?
- Si, sin problema.
Si a esta conversación le ponemos un contexto de un embarazo de 9 meses, se entenderá mejor.

Le explico al compañero dos cosas más, cojo la moto y en 10 minutos estoy en casa. No porque le he dado caña, sino porque una ciudad pequeña es lo que tiene. Me espero encontrar un belén montado en la acera, pero para mi alivio, la acera está despejada. Entro en casa y oigo:

- Duérmele, que no me siento muy bien.

Le tomo la temperatura. 38. Paracetamol, nana y niño frito. Son las 14:30. Salgo de la habitación y se acaba la incertidumbre. “No me siento muy bien. Llama a mis padres”. Empieza el lío. A ver si no dura mucho.

- Charo, bajad ya.
- ¿Pero Myriam se encuentra bien?
- Si, pero empieza con molestias. Mejor bajad ya por favor.
- Vamos.

En esos 15 minutos de espera en la casa se oye: “¡No puedo más! ¡Que vengan ya! ¿Por qué tardan tanto?”. “Bueno, tranquila, están de camino, respira.” También se oye como el líquido amniótico cae sobre la alfombra después de romperse la bolsa. Incluso si se afina el oído, se puede escuchar masticar a toda pastilla una ensalada de garbanzos aliñada con gritos del estilo de “¡¿Pero quieres dejar de comer ya?!”. Lo que no se escucha son los pensamientos de él: “No, no. Hay que comer que el parto puede durar horas”.

A las 15:00 mis suegros entran por la puerta. Les atropello nada más cruzar la puerta: “Lucas ha estado malo. Si vuelve a tener fiebre, 5 ml de paracetamol y listo de papeles. La cena en la nevera: pescado y crema de calabaza. Nos vamos”. Cogemos el ascensor. Salimos en la planta baja y a los 3 metros, Mica se tira al suelo de rodillas y dice eso de:
- No puedo más.
- Vamos cariño, el coche está ahí mismo.
- No puedo, no llego.
Después de eso, tres gritos brutales, de muy adentro, de la parte más animal que tenemos. La vecina del bajo entra en escena: “Perdona, ¿os puedo ayudar?” Mi suegro baja a trompicones la escalera “¿Qué hago, llamo al 112?”. Desisto de intentar subir en coche. Ella ya no puede más. “Sí, claro, llama al 112”. “Era calle Magnolia, ¿no?...”

“Ya está aquí”. ¿El qué? ¿Una contracción fuerte? Se palpa y repite: “Ya está aquí. Le estoy tocando la cabeza”. Se acabaron las tonterías. Me arrodillo con ella y veo que la cabeza de mi segundo hijo asoma rubita al mundo. Le cojo el cuello con la mano derecha mientras con la izquierda le acompaño en el giro de sus hombros. Finalmente, con un último empujón de su mamá, le ayudamos a nacer. Le aguanto un segundo en mis manos y al momento se lo doy a Myriam. Como buena madre, es rápida pensando en su retoño: “Una manta por favor”. La vecina reaparece con una toalla y lo envolvemos.

Santiago acaba de nacer en el portal. Su padre, su madre y él. Faltan el burro y la vaca. Y algo de heno.

Un pico de emoción brutal, animal, irrepetible. No recuerdo nada parecido. Lloro como hace tiempo que no lo hacía. Hablo farfullando. Feliz.

Sala de espera

Allí estábamos. Un miércoles cualquiera de diciembre. Yo, con mi curiosidad innata de sociólogo (o antropólogo, o lo que sea) y mi hijo mayor con una incipiente gastroenteritis. El panorama de la fauna humana allí presente era, cuanto menos, variopinto.

La familia gitana. El paciente era un bebé de un año que no paraba de vomitar, de (“con perdón”) mearse y que tenía “febri” o “febre”. La madre unos 19-20 años, la suegra que no paraba de hablar de Dios iba en pantuflas (más ancha que larga) y tenía miedo de coger algo en el hospital. “Porque“ya se sabe. Subes con un resfriado y bajas sin un pulmón”. El pan nuestro de cada día en los hospitales públicos. Maldito tabaco.

El padre de la criatura, muy cariñoso con ella, aparte de hablarla en romaní, la lanzaba al aire alegremente a pesar de la posibilidad (tangible y untuosa) de ducharnos al resto con los efluvios de su vástago.


Los abuelos de Enzo. La madre nada más llegar:
- Buenas, venía con el niño que tiene 40 de fiebre.
- Muy bien, ¿nombre del niño?
- Enzo Jiménez Muñoz
- ¿Perdón? Nombre y apellidos por favor.
- Si, claro. Enzo Jiménez Muñoz
- Jiménez Muñoz y el nombre
- Enzo.
- ¿Cómo?
- ENZO.
- Esto...
- E-N-Z-O

Y encima parecía ofendida. Alma de cántaro, no te enojes. Está fenomenal que elijas el nombre que quieras, pero baraja la opción de que no todo el mundo lo conozca. No pretenderás llamarte John, haber nacido en Ávila, que tu padre se llame José y tu madre María Luisa y que la gente no sufra un tic en el ojo durante un pequeño instante al oír tu nombre....

Volvemos a los abuelos. Pobrecillos. Setenta y pico años y perdidos como niños. El hombre con botas de montaña, la mujer, inmensa, con cara de amabilidad. Y más que se le ensanchaba cuando le cogía el teléfono a su marido. Querían irse ya con su nieto al pueblo. Aunque se llamase Enzo y no Eulogio como el bisabuelo. Modernidades.


Hermano de Padilla. 2 horas en la sala de espera y dos horas mirando el teléfono. Ojos claros, rostro similar al susodicho torero y jersey de Marc Márquez del Pull & Bear. Intento intercambiar mirada de complicidad con él por lo de Márquez (“Oye, vaya monstruo, ¿eh?”), pero me topo obstinadamente con la parte trasera de su móvil. Es de los que lleva 5 euros entre la funda y el terminal. ¿También el DNI? Me quedaré con la duda.


Madre soltera. Aparece un carro cargado de ropa y utensilios varios. Detrás, una madre con su bebé en brazos. Nos dice que tiene 40 de fiebre (debe estar de moda hoy). Eso sí, la tiene tapada hasta la punta de la nariz. ¿Lo peor? Tiene a su hija en brazos y a la vez escribe mensajes  en el teléfono móvil. Lamentable. A este paso, algún día veremos a algún desdichado con un móvil integrado en la cabeza. ¿Exageraciones? Al tiempo.

Volvamos con la madre. Cansada de escribir, se decide a llamar a sus padres para decirles que ya está en el hospital con la niña. Que no se preocupen y que vayan cenando. “Qué maja”, pienso. Eso sí, cuando viene la enfermera a atender a su hija con 40 de fiebre y veo que sigue hablando por el móvil, ya no me parece tan maja. Tras la marcha de la facultativa se arranca a hablar y nos cuenta que tiene otra hija mayor, de 5 años, que se ha quedado con ganas de venir. Menos mal que ha imperado el sentido común (el de la niña, imagino) y, finalmente, se ha quedado en casa. Más que nada porque parece prudente evitar perder un órgano por una visita tonta al hospital...

martes, 12 de noviembre de 2019

Ávila

Esta vez me he superado. Casi 5 años para escribir otra entrada en el blog. Menos mal que no vivo de esto. Pospongo lo de escribir porque priorizo leer, ver películas o no hacer nada... ¡qué desastre!

Desde hace 5 años vivo y trabajo en Ávila. Después de Kenia, de la experiencia de vivir en Nairobi, necesitábamos un sitio más tranquilo y me pareció que vivir en Ávila era una oportunidad. Aunque es verdad que la ciudad se queda algo pequeña, he ganado algo que no se puede comprar: tiempo. Tardando 5 minutos en ir a trabajar, he tenido mucho tiempo para mí y, aunque no lo haya aprovechado como debía de haberlo hecho (o sí), al menos lo he (mal)gastado como me ha dado la gana. No muchos pueden decir eso...

Al principio, me asombraba todo: "¿Pero cómo es posible que todo esté tan bien cuidado?...es todo tan bonito que parece un decorado. ¡Fíjate en la muralla!... Espectacular...". Evidentemente, la vida en Nairobi, me había acostumbrado al polvo, a la tierra, a los socavones, a la polución,… Me apetecía este cambio y lo estoy disfrutando. Tanto es así que, algún invierno, cuando volvía de noche desde el centro, con los faroles emitiendo su tenue luz amarilla, me parecía que de debajo de un portalón iba a salir un majadero borracho y emplumado (el sombrero) al grito de: “¡La bolsa  o la vida!”. En fin, es lo que tiene tanto leer...

Ahora eso sí, antes de que la gente venga en masa a vivir a Ávila, vienen los puntos no tan buenos:
- Hace frío. Ojo, que me encanta el frío, pero cuando tienes dos enanos (sí, es lo que tiene tener tanto tiempo libre) y los mocos y la tos empiezan en octubre y duran hasta mayo empiezas a plantearte eso de vivir en la costa mediterránea...
- La gente es arisca y seca. Ellos dicen que es el clima, que no son todos iguales, blablabla. Es un hecho. Entras a una tienda a comprar y casi tienes que pedir perdón. Y si le das las gracias al camarero por ponerte una caña, la respuesta es el Fujitsu.
- Es un pueblo/capital. Se conocen todos. ¿Que eso es bueno? Uf no lo sé. Salir a dar un paseo de media hora y encontrarte a 4 personas de tu oficina cuando sois 12 no lo veo yo tan bueno. Pero para gustos, ciudades para vivir.

Bueno, suficiente para volver a empezar.