Chirría el picaporte de la puerta (de esa forma en la que sólo es capaz de hacerlo cuando realmente necesitas que no suene). Medio abro el ojo (o abro medio ojo, como guste querido lector) y pienso aquello de “…¿quéhoraes?Joder,siesque.Lamadrequemeparío…”. Mi plegaria es escuchada y, tras el dintel, aparece la figura de mi señora madre. Malo. Me incorporo en un santiamén mientras me pregunto qué cosas he hecho mal últimamente. [Frase estúpida donde las haya. ¿Qué qué cosas has hecho mal? ¡Todas joder! Sino no estarías durmiendo con treinta y dos añitos en casa de tus padres...]
Al lío. Una madre sabe todo lo que has hecho, lo bueno y, sobre todo, lo malo. Mi cerebro, todavía somnoliento, bulle intentando recordar alguna de las fechorías por las que puedo ser justamente castigado. No logro encontrar nada especialmente reseñable. Se va acercando a la cama. Mi sentido común es aplastado por el instinto de supervivencia (Darwin estaría orgulloso de mí) y pueriles palabras martillean mi cabeza: “Rápido, di que la culpa es del Gobierno como hacen todos,..” pero antes de conseguir despegar mis pastosos labios, y decir cualquier imbecilidad acorde a mi nivel intelectual, alcanzo a ver en su mano un vaso rebosante de zumo de naranja. “¡Albricias, salvado!” exclamo ante la suspicaz mirada materna. Mi educación de colegio de pago hace bueno el dinero invertido y me hace preguntarle cortésmente que qué tal ha dormido. Mientras, sorprendida, me relata sus vaivenes nocturnos con el cuarto de baño, engullo el líquido (y sus celebérrimas vitaminas) de un trago.
Cumplido el quehacer mañanero, aliviado por el no-reconocimiento de los pecados, apoyo el cabezón y me sumerjo, de nuevo, en los oníricos dominios de Fobetor, Fantaso y Morfeo.
Sinceramente, me gusta como usas el teclado del ordenador. Como tus pensamientos toman forma gracias a él. Pero lo que no me gusta, quizá porque este blog está tan personalmente relacionado conmigo es lo de 32 años y nada. Tan pesimista, que me asusta.
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